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8 octubre 2013 2 08 /10 /octubre /2013 23:11

Parece de Perogrullo, pero resulta que la identidad existe. Los enfrentamientos por la identidad existen, la exaltación de la identidad existe. Cuando quieres enfadar a alguien no tienes más que negarle una identidad de la que se cree parte, los niños se llaman “nenaza” (no sabría decir lo que se llaman las niñas, desventajas de no haber ido a un colegio mixto) , los  adultos se llaman miles de cosas ofensivas  que  resultan ser ataques a la identidad. Ya sea  destrozando la que crees tener, o bien recordándote la que no tienes. Desde un “eres un idiota”, hasta “tu madre es una puta”, lo que  ofende es que pongan en duda mi identidad.  Que se cuestione quién soy y cómo me veo.

Se han escrito ríos de tinta sobre los procesos de construcción de la identidad,   yo reseñaría  dos libros el magnífico compendio que editó CONACULTA  de Gilberto Giménez titulado “Estudio sobre la Cultura y las Identidades Sociales” y el imprescindible volumen II de “La era de la Información”  de Manuel Castells: “El poder de la identidad”. Ambos dejan muy claro que la identidad es uno de los motores más poderosos de construcción. Castells dice: “la Identidad es la fuente de sentido y experiencia para la gente”  y añade:” Defino sentido como la identificación simbólica que realiza un actor social del objetivo de su acción” (Castells 1999).

Este  “imprescindible” sentimiento humano tiene un gran asiento en el territorio. Uno se siente de un lugar, muy poca gente es de verdad ciudadano del mundo y pelea por el mundo. Lo normal es ir por escalas, la familia, los amigos, el colectivo cercano,( equipo de fútbol por ejemplo)  y el espacio que nos vio crecer, el lugar del que nos sentimos  (sea este sentirnos por la razón que sea). A partir de ahí vamos abriendo círculos hasta que terminamos con esa hermosa utopía de yo soy de donde vivo, queriendo dar a entender que nos sentimos de donde estamos y no de donde venimos… pero insisto creo que eso es más bien utópico.

Sin duda uno de los constructores más importante de esa identidad es la cultura. Desde la lengua materna, hasta los colores de las casas que nos rodean son particulares en cada espacio,  capaces de generar sentido de pertenencia. Pero resulta que hemos creído siempre que la cultura estaba por debajo de la economía (bueno no sé si siempre, ahora por lo menos sí) , es decir que si le dábamos a  la gente una casa, una comida y un trabajo esa gente se terminaba sintiendo de ese lugar y eso no es tan cierto. La identidad catalana, por ejemplo, o la de  los pueblos indígenas, por ejemplo, o la de  los afrodescendientes, por ejemplo o de todos aquellos que se han sentido excluidos de un proyecto central o fundacional, se podría integrar  dando trabajo, dando dinero, o dando comidas, y eso por desgracia no es tan así.

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El mínimo para la supervivencia es el trabajo, la comida, el dinero, y el derecho a ser quien uno quiera ser, como uno quiera ser y sentirse parte de lo que se quiera sentir parte. Para sentirse parte de algo se debe sentir integrado en ese algo, claro que también juegan los egoísmo y las ambiciones personales para no querernos sentir parte, pero la mayoría  de las veces lo que juega es el sentirse excluido. El sentirse ridiculizado por hablar diferente, vestir diferente, pensar diferente.  La diferencia es fuente de exclusión, porque las identidades tienden a organizarse en torno a situaciones homogéneas, y... ¡si no eres de este grupo o haces lo que hace el grupo o te vas!.

Las identidades dominantes siempre han querido que todos sus miembros participaran de los dogmas fundamentales de su construcción, así ha sido hasta ahora. Parece que así no va a seguir siendo, porque si las identidades dominantes quieren seguir imponiendo a la fuerza esos dogmas la gente se les va a escapar por las mil rendijas que hoy nos brinda el nuevo modo de entender el mundo.

Tan falso es querer construir una identidad dominante para los catalanes, como construir una identidad dominante española en la cual quiéranlo o no se han de integrar los catalanes, o una identidad colombiana para los wuayus, o una identidad brasileña para los afros. Si al final lo que hacemos es repetir esquemas lo que va a suceder es que más pronto que tarde se van a volver a repetir los problemas, idénticos, y en breve los Barceloneses querrán separarse del resto de los catalanes y los madrileños del resto de los españoles y los wuayu del resto de los colombianos y los afro (que reivindicaran territorios especiales y lugares de africanidad)  del resto de los brasileños. Llegaremos a finales del siglo XXI al mundo de las ciudades, y no  de las naciones. De las razas y no de los mestizajes.

Cuando eso suceda alguien dirá ... "y todo empezó por la cultura".

¿No podrá empezar la cultura a plantear procesos de convivencia, en lugar de exclusión y diferencia? Tal vez si empezáramos por leer la historia (patrimonio cultural) de otra forma;  o si fuéramos capaces de entender que las lenguas no son espacios de separación sino de construcción de pensamientos que se necesitan para elaborar   el mundo desde sus distintos sentidos, es decir desde los diferentes objetivos de las acciones. Si aprendiéramos a ver la pintura de los otros  tan excepcional como la de los nuestros, la literatura que no entendemos tuviera el mismo valor que la que sabemos valorar. En fin si las manifestaciones de la cultura aprendieran a ser de todos y de nadie, a lo mejor las identidades comenzaban a ser espacios de encuentro y no de eternas peleas como viene sucediendo desde que se escribe historia.

Tal vez esto que está sucediendo en las redes pueda cambiar esa manera de ver la cultura como campo de conflictos y nos deje verla como campo de construcciones, de creatividades, de innovaciones compartidas y disfrutadas por todos. Si eso fuera así importaría muy poco el modo de legislarse de cada uno para conseguir trabajo,  comida y dinero. Eso sólo es posible si hacer políticas culturales  pasa a ser algo más que hacer leyes para reglamentar las artes y sus pompas. Hacer políticas culturales tiene que servir para poder entender el futuro que se viene, y ese futuro está repleto de identidades conflicto, que deben saber cómo vivir juntas en el siglo XXI.

 

 

 

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Published by fvicario
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Comentarios

Rafael Morales Astola 10/09/2013 09:44

Querido Fernando:
Es un tema duro el que tratas. Duro por su consistencia a la hora de ser esculpido por cualquier interpretación y duro porque nunca las palabras son más manipulables por ciertos seres humanos que
cuando se habla de "identidad". El carnet de identidad podría ser una simple prueba evidente de que el concepto produce objetos y éstos interactúan y cumplen un "papel" entre las personas. También
podría servir como simple prueba el que veamos en una fiesta cómo las mujeres suelen agruparse por un lado y los hombres por otro, sin que ello suponga la ausencia de interacción entre géneros por
diferentes motivos, algunos más biológicos y otros más sociales. O quizá baste con ver las adhesiones ideológicas que se manifiestan en unas elecciones, independientemente de lo cuestionable que
pueda ser "tu" candidato. La pregunta es si esto es suficiente para fundar un proyecto colectivo en nuestra época post-occidental. Me viene de inmediato Amin Maalouf y su llamada de atención sobre
las identidades asesinas. O Rosenberg y su exaltación de la raza aria. Me vienen muchas violentas realidades históricas que estamos viviendo y cuyo epicentro está en los diversos ropajes que adopta
la identidad como motor de movilización económica, social, política, militar. Negar lo que existe es anticientífico, pero sobre todo es una gran torpeza. Sobrevalorar lo que existe puede llevar a
lo mismo. Trabajo, dinero y comida son cultura, como es cultura valorar esas tres cosas en su justa medida, o bien infravalorarlas o sobrevalorarlas. ¿Pero cuál es la justa medida? Responder a esto
es urgente. Atreverse a responder y no tener miedo a equivocarse es urgente. No creo que la identidad, sea cual fuere, sirva por sí misma para establecer la justa medida de las cosas. ¿Desde qué
identidad se establecería? ¿Estamos abonando el relativismo? Si todo vale, nada vale. Llevo ya tres años desarrollando un concepto, que ya planteé en Cali cuando nos conocimos, y que se apoya en la
filosofía de Trías y en la Teoría del Emplazamiento de M. A. Vázquez Medel. Lo fronterizo como una condición de lo humano que nos permite críticamente, entre otras cosas, la propia comprensión y la
comprensión del otro. Por ello, acuñé hace mucho tiempo este concepto: gestión cultural fronteriza y trans-identidad. La gestión cultural fronteriza es el dispositivo teórico y práctico que
favorece la trans-identidad, entendida ésta como un proceso de "des-, re-, co-, pro- y contra-identidad" que enriquece crítica y experiencialmente a toda persona que lo ponga en marcha. Es una
tentativa de recomponer el vínculo que primero el fanatismo religioso y luego la modernidad "clásica" rompieron entre racionalidad e irracionalidad, identidad y diferencia, filosofía y ciencia, lo
humano y la naturaleza... Es una manera de reintroducir en el discurso progresista una trans-modernidad, que se tome en serio política y éticamente tantos y tantos documentos acordados en la ONU y
en la UNESCO.
No quiero aburrirte, Fernando. Tú ahora eres un ejemplo de trans-identidad en Colombia. Un ejemplo feliz y que tantos buenos frutos seguro que está dando a ti mismo y a los que comparten tu
emplazamiento.
Un abrazo, compañero.