Cultura, política, cooperación, América Latina, libros,otras muchas cosas
A mi querido Pepo, en cuyos predios nació este artículo. Gracias por la hospitalidad y las risas.
Llevo un tiempo preguntándome que significa ser de izquierdas en esto de la cultura. Adoro la ópera, me fascina el teatro con grandes montajes en escenarios engalanados hasta la pedantería, amo el cine de Spielberg, no me desagrada nada Wagner y para colmo de males de vez en cuando me pego un hamburguesazo con combo de papas y coca cola incluida. Escribo esto mientras suena un maravilloso disco de canto gregoriano y he pasado por todas las iglesias que estaban en mi camino, quiero decir edificaciones eclesiásticas, podían ser sinagogas, mezquitas, iglesias católicas, o pagodas. Me atrae el arte sacro, sea el sacro que sea incluso el sacro iliaco. Con estos antecedentes me preocupaba si no estaría palpitando dentro de mi un facha encubierto, que dejaba al niño progre salir de vez en cuando pero que en el fondo preservaba su naturaleza conservadora y consumista. Porque además eso me encanta consumir cultura, me bajo películas y las veo en la pantalla grande, me bajo libros y los leo en la pantalla chica, la de la Tablet, donde también veo películas chicas, series digo, me bajo música. Bueno si sigo así creo que nadie va a querer saber que significa ser de izquierdas en esto de la cultura, sino cómo hago para bajarme tantas cosas. Busco pagarlas, de verdad que busco pagarlas, o al menos que estén libres de derechos, aunque no comparto nada como se gestiona el tema de los derechos de autor en la red hoy en día, pero este es otro tema, o el mismo, pero para hablarlo en otro momento.
Cuando tanto y tanto se habla de lo que significa hoy ser de izquierdas me preguntaba ¿y ser de izquierdas en lo que trabajo, en lo que hago, en aquello de lo que sé un poco más que de lo demás? Hay muchas izquierdas y una sola derecha, eso se ha dicho mucho, por eso Gramsci dijo que la izquierda había perdido la batalla cultural con la derecha. Esa batalla cultural que genera clima de opinión, esos conceptos del mundo que son absorbidos acríticamente y se incorporan en la cotidianeidad sin pensar que pueden ser de otra forma. Como lo entendió Rousseau “quienes controlan las opiniones de un pueblo, controlan sus acciones”. Hemos sacralizado la obra de tal manera que casi la hemos desposeído de su significado.
Somos renuentes al estudio de las abstracciones, consideramos que pensar es una pérdida de tiempo y que ya está bien de discutir sobre el sexo de los ángeles. Siempre me ha parecido que debatir, dialogar, discutir, era una de las claves de la evolución y si era del sexo de los ángeles como si lo hacíamos sobre la ética en la política, temas que de entrada ya sabemos que nacen muertos. Pero estimulan el ingenio y la agudeza que son las necesidades más acuciantes del cerebro humano. Mi gran oposición a la reforma de Bolonia siempre apuntó por este lado, las universidades apartaban de sus atribuciones la de enseñar a pensar a los estudiantes y sólo les enseñaban a ser profesionales eficaces y eficientes. Es decir “esclavos” preparados, pero sin mentalidad crítica sobre lo que realizaban.
Mi idolatrado Zygmunt Bauman en un brillante artículo titulado “Es necesaria una nueva Batalla Cultural” afirma que la desgracia de la socialdemocracia actual es que no hay una visión alternativa, una «utopía». Creo que va por ahí la cosa, cambiar las formas de estar en sociedad, es una misión de la cultura, es una estructura cultural, es una mirada que debe nacer en la cultura, en la generación de contenidos, en la respuesta crítica y reflexiva sobre la forma en que hoy se organiza el acumulado de saberes. Hemos llegado a un estado en que la acumulación cultural es similar al resto de las acumulaciones que presenta el capitalismo. Queremos acceder a los bienes y servicios culturales para disfrutarlos en nuestros soportes, ojalá sin tener tiempo de asimilarlos, solo devorarlos, sin masticar. Tragar. Engullir.
Creo que la batalla cultural de la izquierda en estos momentos debe comenzar por tener tiempo para pensar no sólo en como oponerse a lo que hay, no solo en rechazar lo que ya sabemos que no queremos, sino en qué ofertamos, en cómo lo pensamos, en qué reflexionamos, y aunque siempre se nos diga que eso es perder el tiempo -mientras ganan dinero-, hemos de tener una alternativa construida de forma sólida y creíble. La cultura de los ministerios se ha quedado corta, y la de la los medios de comunicación de masas se ha quedado excesivamente larga. Hoy lo que se ve en las múltiples pantallas de las que somos asiduos consumidores es una vida que sólo transcurre en los múltiples centros comerciales que son nuestro principal lugar de encuentro.
El derecho a entretenerse a divertirse, a pasarlo bien no debe estar peleado con el derecho a pensar cosas nuevas, diferentes, innovadoras, y atractivas. El izquierdismo aburrido con miedo a la risa es una trampa, es una mentira. La risa y la utopía van juntas. La ilusión y el cambio avanzan de forma imbricada y eso hay que explorarlo.
Hay mucha gente en América Latina pensando y ejecutando este concepto de cultura desde la izquierda, pero creo que a la hora de implementar y de desarrollar esa nueva batalla cultural estamos escasos de fuerza y de formas de presionar para cambiar miradas y generar nuevos pensamientos. Quizá estemos faltos de fuerza porque estamos faltos de la necesaria “algarabía” para seducir y atraer nuevos modos de mirar cómo queremos crecer.