Cultura, política, cooperación, América Latina, libros,otras muchas cosas
Este escrito va a sonar grotescamente machista, pero hay cosas que se deben confesar. Dudaba si hacerlo así abiertamente, al público, a calzón “quitao”, como se dice vulgarmente.
Hasta que cumplí los 50 años había un órgano en mi cuerpo iba por su cuenta, era como si tuviera vida propia, como si pensara con un cerebro distinto al que regía el resto del organismo del que en teoría también formaba parte. Algunas personas me decían… -parece que solo tienes “eso” en el cerebro- , era consciente de que “eso” tenía su cerebro propio. Tomaban decisiones contrapuestas y a veces la pelea era inevitable. De las acciones de ese "otro" cerebro me confesaba cuando era creyente, presumía cuando era adolescente y las disimulaba cuando era … más mayor.
Resultó que a partir de los 50 ese otro cerebro cambió de sitio, ahora se ha ido al estómago. Creo que el barrigón que voy teniendo es a causa de ese cambio de domicilio cerebral. Pienso con el estómago. Sigo teniendo peleas entre los dos cerebros. Sigue perdiendo con frecuencia el de arriba, pero las batallas son diferentes, tienen otra lúdica, mejor dicho éstas tienen menos lúdica.
La vida hasta que el cerebro cambio de sito estaba regida por la seducción, por la creatividad, por la excitada espera de cada noche.
Ahora está regida por la necesidad de saciar apetitos falsos, de llenar vacíos mentirosos, de dar cobijo a una glotonería altiva y poco solidaria.
Yo había oído hablar de la crisis de los 50, antes de los 40, ya se sabe como vivimos más se atrasó todo 10 años. Lo que no sabía es que esa crisis consistía en un cambio de lugar del “otro” cerebro.
El eje ha mutado, yo que pensaba que había cosas que no cambian nunca. Antes era la utopía y la esperanza, claro siempre confiado en que a través de ello iba a ligar, ahora es la estabilidad y la confianza, siempre confiado en que con ello voy a llenar el “otro” cerebro.
Antes no me importaban los cambios, los traslados, los viajes tanto internos como externos. Ahora estoy solo preocupado de que el chino no cierre los domingos por si me quedo sin cerveza, o si me falta una cebolla para el guiso de turno.
Antes el otro cerebro no llenaba nunca sus necesidades con dinero. Ahora este parece que solo se puede saciar si tiene mucha, mucha plata cerca. Muy cerca.
No se entienda mal, estoy feliz de haber pasado los cincuenta, de ser un tipo calvo y sin complejos (o casi) estomacales, de mi capacidad para sentarme a disfrutar una buena comida con amigos y un buen vino. Pero me parece que a cambio de esto, he abandonado un poco ese coqueteo imprescindible para seguir mirando a la vida con una cierta pillería. Acabo de estar en la fiesta de mi querido Luis Angel, 60 años, sin barriga y con una manera de bailar toda la noche que me dejo anonadado y agotado, porque intente seguirlo un ratico. Quizá tenga algo que ver el espacio donde vive él y donde vivo yo. Me da que a Europa le está pasando algo parecido, ha perdido, o tal vez solo le pase como a mí, no lo ha perdido lo ha cambiado de sitio, el “otro” cerebro. Aquí ya nadie seduce a nadie… miren los políticos que tenemos, nadie quiere utopías de ningún estilo, miren los periódicos que tenemos, nadie quiere gustarle a nadie, miren la naturaleza que vamos dejándole a nuestros hijos .
Solo hablamos de eso, de tripas llenas, de barrigas felices, de necesidades nada espirituales, sino puramente gastrointestinales, cubiertas.
Me parece que hemos cambiado el “otro” cerebro de sitio también como continente, no nos vendría mal volver a reivindicar una bajadita cerebral a la entrepierna, sacarla de ese ombligo que tanto nos miramos y llevarla a ese órgano que ya ni nos vemos al orinar, porque la barriga nos lo esconde. Será que Europa ya pasó de los cincuenta y América latina está en plena efervescencia juvenil.
Sea lo que sea creo que prefiero el “otro” cerebro en “eso” y no en “esto”, aunque intuyo que la gracia de la vida está en saber mezclar y no depositar de forma exclusiva en ningún sitio nada, de nada.