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16 enero 2012 1 16 /01 /enero /2012 20:46

 

La mayor parte de los países que componen ese espacio sobre el que ya hemos hablado en alguna ocasión y que llamamos Iberoamerica, es decir gran parte de América Latina con  Andorra, España y Portugal, tienen regímenes bipartidistas. En muchos  casos los partidos mayoritarios están compuestos por otros muchos partidos, las luchas son internas, dejando a la sociedad  imagen de una cierta unidad,  a veces cuesta más tiempo lograrla, como ha sucedido en Venezuela, o a veces menos, como sucedió en Chile con la concertación. Son  dos grandes bloques que se reparten  el poder generando una ilusión de democracias reales, en las que por desgracia cada vez participan menos los ciudadanos. El informe de 2010 del latinobarometro es muy significativo, el interés de los ciudadanos latinoamericanos  por la política es  menor del 30% . No llega al  50%  el porcentaje de los ciudadanos  que creen que es posible que sus ideas políticas lleguen al poder, ni aun cuando su partido gobierne,  y uno de los datos que más me ha llamado la atención es que sube al 6% el porcentaje de ciudadanos que se siente molesto al votar. Cuando votar es una molestia, cuando hacer uso de un derecho es un fastidio, y se convierte más en una obligación que en una satisfacción es que algo va muy mal.

 

bipartidismo

¿Puede el sector cultural hacer algo por ayudar a enmendar esta situación?  Es algo que llevamos muchos  pensando desde hace tiempo y es algo que debemos seguir pensando para intentar que el aporte de nuestra manera de entender la política se pueda convertir en generador de nuevas prácticas, de nuevos modos de estructurar el ejercicio  del poder. Sin acciones grandilocuentes, sin dar pábulo a todas las aspiraciones sociales en una sola. Con la modestia de quien se plantea una reforma chiquita y sostenida que pueda construir el camino para el resto de las transformaciones sociales necesarias.


primer-paso.jpgEl primer paso es crear los mecanismos para construir un conocimiento social real, basado en la diversidad de quienes hemos de gobernar. Un gobierno  de la cultura parte de la diversidad, respeta las expresiones de sus miembros y ayuda a su fortalecimiento.  La máxima de la cultura en este siglo XXI es el respeto a la diversidad de las expresiones, y de quienes las generan, pero el respeto significa además la capacidad de escuchar, de entender, de poder dialogar de tu a tu, de incorporar al otro como un legitimo otro. Va mucho más allá de la tolerancia.

La construcción de esa diversidad parte de una comunicación cultural. Es decir de una comunicación entre los actores de las diversas diferencias que  viven en comunidad. No hace falta decir que las culturas no dialogan, que quienes  dialogan son  sus actores,  las culturas marco viven y sobreviven en el no dialogo, que es una de las trabas que encontramos en el desarrollo de los procesos de integración. En ese no dialogo  de las esferas matriz, hay que potenciar el dialogo de quienes las componen.  Las identidades matriz, como pueden ser los nacionalismos,  las religiones, las grandes civilizaciones, las ideologías políticas o cualquier otro marco que nos sirva para identificarnos, no quieren como bloque modificar su estructura, pero son las dinámicas de sus miembros, las que facilitan los acercamientos que consiguen aproximar las posturas.  Lo peligroso es cuando una identidad matriz se ceba en el discurso del no dialogo de sus miembros con el exterior. Ese miedo a la mezcla, del que quizá sus  mayores exponentes sean  el nazismo, la xenofobia o  el racismo, ha ido encontrando pequeños discípulos que de una forma u otra entienden que su fortaleza está en no escuchar, no mirar y no respetar los cambios y las modificaciones que la sociedad va queriendo incorporar. Esos cambios y modificaciones vienen dados por el roce, que como todo el mundo sabe hace el cariño. ¿qué es una política cultural sin roce? Un espanto. Un roce desde la lúdica, desde la felicidad que aporta la fiesta, la estética, la creación. En definitiva desde el espacio de encuentro que es la cultura.


Otro de los aportes de las políticas culturales, es el de estructurarse en torno a la creatividad. Al menos así debiera ser, capaz de estar al tanto de lo que sucede en las sociedades en las que se desarrollan e ir incorporando las innovaciones y las nuevas formas que los ciudadanos absorben para su mejor vivir. Gobernar desde la creatividad no significa hacerlo desde la improvisación, más bien al contrario, significa hacerlo desde la programación flexible, que es mucho más difícil que la estanca e inamovible. Una programación flexible aporta la necesaria capacidad de tener pensadas alternativas, de ser lo suficientemente generosa con aquellos que la van a recibir que aporta alternativas y construye nuevas maneras de estar cerca de quienes se van a beneficiar de ella. Al contrario de esas normas que nos estrangulan por su rigidez incapaz de entender que el mundo es un espacio en permanente movimiento y que como tal hay que ser sensible a sus nuevas necesidades, sin improvisar, insisto, pero con cintura para acoplar.flexible-copia-1.jpg


Por último las políticas culturales buscan como eje de sus actuaciones la participación social, no quieren ser esas normas pensadas desde las alturas y que terminan por no conectar nunca con quienes las tienen que “sufrir”. La cultura para su éxito, necesita del goce, del placer de inmersión de quien es sujeto de la formulación de esa política. Se construye política cultural para que el ciudadano mejore sus capacidades  criticas, active sus posibilidades de reflexionar sobre si mismo. Ya sea a través de una película, o de una fiesta de barrio,  busca hacer de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos.

Esta forma de construir nos devuelve esa toma de conciencia necesaria para saber que somos seres en pleno proceso de construcción.

La política cultural,  debe servir de modelo para las políticas que buscan estar más cerca de quienes vamos a ser gobernados por aquellos a quienes votamos, bien para que  estén en el poder  o bien para que lo hagan desde la oposición, porque un país bien entendido se debe gobernar desde ambos lados del poder. El de quien lo tiene y el de quien lo busca.

Ojala que esta sociedad del conocimiento aprenda a conocerse mejor. Ojala la cultura pueda aportar su granito de arena.

Prieto.jpg

No puedo, ni quiero,  despedir el artículo de esta quincena sin desearle la mejor de las suertes a Jesús Prieto, nuevo Director General de Bellas Artes, Museos y Bibliotecas y uno de esos amigos a los que le debo haber aprendido a mirar la cultura como un espacio de gobierno posible.

Mucha Surte.

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Published by fvicario
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Comentarios

Mati Prat 01/17/2012 23:19

Fernando querido, cada vez resulta más cómodo e interesante leerte. Ojala las cosas pudieran ser como las cuentas, y, además, que buena excusa para desearle suerte a Jesús Prieto, que siendo amigo
tuyo podemos pensar que intentará hacer una buena gestión.