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28 diciembre 2011 3 28 /12 /diciembre /2011 21:27

 

 

El limite entre las izquierdas y las derechas es cada vez más difuso, la famosa división nacida en la asamblea constituyente de la Francia revolucionaria de 1789 se ha ido convirtiendo en un bipartidismo que solo se utiliza para repartirse el poder, creando una falsa ilusión de alternancia, puesto que a la postre en muchas materias a legislar  ambos tienen las manos atadas por miles de circunstancias que no vamos a revisar ahora. Es la política cultural junto con la política educativa y la cientifica la que puede denotar más claramente el caracter progresista o conservador de sus gestores. Pero qué significaría a mi entender poner en marcha una política progresista en materia cultural, frente a lo que parece van a poner en marcha desde una visión más conservadora del poder. Tres  facetas son claves en este análisis: El carácter  multidisciplinar.  El concepto de transgresión y por último  y más importante el fomento de la creatividad.

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La cultura necesita de un pensamiento complejo  que la ayude a salir de ese inmisericorde modelo de  ministerio carente de pensamiento multidisciplinar.  Si vamos a seguir pensando que los problemas de la cultura son sólo los problemas de la cultura, entonces es cierto que una Secretaría de Estado (equivalente a viceministerio para los lectores de América latina)  basta y sobra. Si vamos a seguir pensando que la cultura es sólo la suma de las artes y su conversión en industrias entonces ciertamente con una Secretaría de Estado nos sirve. Pero ¿no es un hecho cultural el pensar qué modelo de ciudades queremos construir para el siglo XXI? ¿No lo es diseñar nuevas formas de acercar a nuestros niños la innovación? ¿No es un hecho cultural que la tecnología nos sobrepasa y nadie está pensando en ella como nuevo entorno de desarrollo de país? No sé cómo va el reparto de las nuevas profesiones en la sociedad contemporánea, pero me parece que los estudiantes de bellas artes son muchos menos que los diseñadores de software y de hardware  que vamos generando. Esto modela un campo de creación absolutamente distinto al que existía hace apenas 25 años. Nuestro ministerio o Secretaría sigue pensando en clave siglo XIX. Esto distancia cada vez más  a la ciudadanía, sobre todo porque entre ellos, los estudiantes de bellas artes y los diseñadores de software y hardware hay una relación real. Una complicidad efectiva que el poder parece no entender. O no querer mirar.

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Tampoco sirve seguir pensando que descentralizar es crear reinos de taifa culturales. Con sus propios museos, sus propias bibliotecas, sus propios teatros, sin  hablar con el de al lado.  Descentralizar es potenciar, no parcelar. Descentralizar es creer en la diversidad como punto de encuentro, no como el eje de las separaciones. Descentralizar significa fortalecer el dialogo, no hacerlo desaparecer. Los tres grandes partidos de la derecha española, PNV, CiU y PP responden a una imagen de nacionalismo separador, “parcelador”, con un concepto de identidad excluyente que a veces da hasta miedo. Pero es muy sorprendente cuando partidos de izquierdas, con tal de congraciarse con electorados indecisos son capaces de “castrar” el discurso de la diversidad hasta llevarlo a la frontera de sus oponentes ideológicos. Hoy el terreno de las nuevas infraestructuras se maneja  en red, las eléctricas, las de distribución de combustibles, las de movilidad, las de información, etc son infraestructuras que no conocen de esas parcelas tan sacrosantas en el pasado y tan repletas de falsas fronteras en el presente. La nueva capacidad de descentralizar potenciando la diversidad como factor creativo es sin duda una de las asignaturas a las que la nueva institucionalidad cultural debe atreverse generando una infraestructura de comunicación cultural en la que todos nos sintamos parte involucrada. Los pequeños reinos de taifa culturales sin infraestructura de red, sin conexión, sin dialogo,  están llamados a ser la semilla de futuros “enfrentamientos” fratricidas. La palabra entrecomillada me parecía muy fuerte pero la realidad de las cosas que leemos en los periódicos y que se dicen cada mañana de elecciones los políticos nacionalistas me ha decidido a usarla.

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El segundo punto es el concepto de transgresión, en el sentido más etimológico de la palabra. Del latín transgredior, que significa ir más allá, atravesar, sobrepasar. Hablamos mucho de la proyección de la cultura española en el exterior. No dejamos de pensar en nuestra imagen cultural en el exterior y al interior no somos capaces de tener una imagen cultural conjunta. Nos cuesta  “transgredir” los viejos ritos, mitos y costumbres que nos definían como sociedad y ahora queremos proyectar una imagen moderna de competitividad. De eficacia. De modernidad. No sería realmente mucho más transgresor intentar dibujar una imagen de nuevo espacio cultural. El uso del Instituto Cervantes como buque insignia de lo que representa este nuevo espacio cultural creado y pensado en español, y en portugués naturalmente, aunque ya sumar al Camôens sí que sería un milagro de transgresión,  en lugar de como proyección de lo que se hace en España.

Hasta la aparición del proceso tecnológico la gente entendía casi todos los actos que realizaba cada día, sabía perfectamente arreglar sus herramientas de trabajo y conocía los mecanismos que le ayudaban a llevar una vida cómoda. Hoy damos por supuestas miles de las acciones que hacemos de la forma más natural, desde encender la luz sencillamente apretando  un interruptor hasta presionar una tecla que nos saca toda una enciclopedia ante los ojos que además no escribe nadie, pero la componen todos, sin entender para nada su funcionamiento. Todo ello responde a una forma de aplicar procesos que no entendemos, que damos por sentados y que son el motor de nuestra cotidianeidad. Eso sí sería transgresor, ser participes de un espacio cultural conjunto en el que fuéramos capaces  de dar por sentado que somos más de 500 millones los que hacemos pensamos y sentimos una manera de estar en el mundo. No 45 que queremos darle forma porque en nuestra pequeña península nació todo. Sentirnos miembros de una identidad compartida. Sin entender cómo, sin saber el mecanismo, ese sería el interruptor de una forma de proyección y de construcción cultural completamente transgresora. Saltar fronteras para reforzar espacios. Las batallas locales sobre si ha de ser cultura o exteriores, han de estar fundamentadas en un cambio real de política. En un autentico espiritu transgresor que nos ayude a entender los cambios de lugar. 

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Pero todo ello es imposible si dejamos a la cultura sin su espacio diferenciador más característico: La Creatividad. Con mayúsculas. Esa de la que presumimos continuamente y decimos que a los latinos nunca nos falta. Pero al igual que todo músculo, si no se entrena se  atrofia. La creatividad se estimula de miles de formas, pero la que compete a las políticas de Estado es aquella que permite que esté cerca de los ciudadanos, de la gente normal, con sus costumbres, con sus nuevos modos de acceder a ella; la que estimula su crecimiento en las escuelas, en los centros de formación. La que compete a las políticas de Estado es la que deja que crezca y no la cercena. La creatividad tiene muchas cosas buenas, y entre ellas que si la estimulas luego no se sabe por donde crece, lo mismo te sale un pintor que un físico nuclear. Un escritor que un químico orgánico. Un arquitecto que un urbanista medioambiental. Pero si nos vamos cerrando las puertas a la transmisión de las creaciones, a la circulación de los conocimientos … nos vamos matando la capacidad de aumentar la creatividad del conjunto. Esto como casi toda actividad humana es fundamentalmente un acto social. Una sociedad creativa impulsa la generación de individuos creativos. Una sociedad castrada mata a los individuos creativos, o lo que es casi igual de malo, los obliga a marcharse.

El derecho de autor es incuestionable, nadie puede decir que no se defienda. La necesidad de generar mecanismos para defender a los creadores es incuestionable. Pero hemos llegado al momento en que al igual que se hizo en el siglo XVIII, el tema sea objeto de un gran debate. Fueron muchos los problemas que se pusieron encima de la mesa cuando se aprobaron las primeras leyes que regulaban este campo, hoy como parece obvio son muchas más las controversias que hay que dilucidar. La llamada ley Sinde es mala. Sobre todo porque no está construida tras escuchar el gran debate que se debió  realizar. Se construyó  escuchando a una parte y claro la otra se encolerizó. Pero no sólo hay dos partes, son muchas las que en el siglo XXI, que vive del conocimiento y de la creatividad, o al menos así lo pregonan a los cuatro vientos los intelectuales del momento, están involucradas. Es preferible pensar un poco más, incorporar más opiniones que correr para acallar a un sector… que quizá sea el que más grite, pero no es el único que tiene razones para pedir una nueva ley.

Quiero confiar en que la gestión nueva dé motivos para pensar en una institucionalidad nueva. Ya no es más un debate entre izquierdas y derechas, lo es entre dos formas de concebir el futuro, la que lo acepta como viene y trata de favorecer un crecimiento conjunto y armónico, o la que quiere que el futuro sea una mala replica del pasado.

 

 

 

 

 

 

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Published by fvicario
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