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11 agosto 2013 7 11 /08 /agosto /2013 14:50

Hay  espacios en los que  el pasado no deja aterrizar al futuro, otros, los que mejor conozco, viven como si el presente no existiera y  cada día  fuera mañana. El presente se ha ido esfumando de casi todos los escenarios. La gente joven le apuesta al futuro como única salida. El presente   no les gusta, los están (estamos) estafando por todas partes y  a nadie le  gusta sentirse  estafado de forma permanente.

Inventamos, aceleramos procesos con una obsesión desmedida, quizá con el objetivo de  saltarnos el presente. Estamos en un cambio tan radical de época que nos gustaría  vivir ya en la siguiente. Es precioso esto de los cambios,  es precioso ser el protagonista de las transiciones. Pero lo es  cuando somos nosotros quienes decidimos dónde queremos ir y empujamos hacía allá, no cuando nos empujan aquellos en quienes menos confiamos  y lo hacen a lugares que  generan  tanta desconfianza, es miedoso. Este miedo  convierte el presente en un mero trámite del que debemos escapar cuanto antes.

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En esta huida hacia adelante la cultura como siempre  tomo ventaja y nadie se dio cuenta. Ella decidió para si misma un futuro diferente al que le habían dibujado desde los ministerios del ramo, un futuro distinto al que las políticas culturales parecían destinarla y se fue colando por vericuetos y espacios que nunca habíamos pensado para ella. Se tornó parte esencial del cambio sin levantar sospechas.  Se hizo contenido de las redes sociales,  volvió a la oralidad, pero esta vez de manera digital. Recuperó el encuentro y la conectividad que es la esencia de su existir.  ¿Qué otra cosa es un mensaje en  la red sino un relato oral, pero en la oralidad del siglo XXI. Qué otra cosa es un tuit sino una lanza de la palabra de quien la escupe con fuerza contra quien  nada puede contra ella?

Volvió la oralidad y con ella esa manera de hacer cultura en la calle, por encima de la elitista forma de difundir cultura que pretendía el modelo del siglo pasado, soy el primero en afirmar que muchas de las cosas que he  defendido hoy ya no son defendibles. Al menos no como las defendía, al menos no como hablaba de ellas. Me ha rebasado el futuro que vivo cada día en este presente mutilado. Ahora estoy en la de  averiguar cuál es el modelo que quiero defender, qué cosas son las que quiero saber y que cosas son las que creo que se deben cambiar.

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No renunció ni reniego de nada de lo que  se ha hecho, de  los modelos que se han trabajado. Sin renunciar a ellos va llegando el momento de incorporar el presente a este futuro que se nos cuela por todas las rendijas.

La cultura mucho más lista y más ágil de lo que hemos sido capaces de prever,  se nos ha escapado de las “cárceles” que habíamos creado para ella, ya no está “sólo” en los museos, ni en las bibliotecas, ni en los archivos, ni en esa caduca manera de concebir el patrimonio cultural, se ha convertido en muchas más cosas de las que pensábamos que era, no está nada mal que haya sido así, que esté siendo así. Sucede que con este cambio gestionar la cultura es algo mucho más complejo  que gestionar instituciones culturales. Trabajar con la cultura es cada vez más un acto de maridaje entre el futuro que nos anuncian o que ni siquiera nos anuncian nos embuten a borbotones de invenciones y el presente que se nos niega. En otros lugares (que no son pocos),  se convierte en un acto de maridaje entre un pasado del que no se quiere salir, que no se quiere abandonar y una globalización atroz que no respeta tiempos, ni creencias, ni maneras de estar y reivindicar identidades.

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Por encima de todo sigue siendo un acto de creatividad, de búsqueda, de encuentro y de colectivos. Sigue siendo un proceso de cooperación, de trabajo con otros, de complicidades. De todo aquello a lo que está renunciando la política y a lo que nunca llegará el mercado. Es el acto humano más humano en medio de un  mundo que parece querer renunciar   a lo humano. Un mundo que le ha dado mucho más pábulo a lo que nos separa que a esa búsqueda de  la mejor manera de estar juntos. 

Construir un futuro posible para todos ( y somos muchos) precisa de una reflexión cultural y de una activa participación de quienes trabajamos en ella y con ella. Comenzar por revisar sus modelos de legislación, de políticas, de gestión; para favorecer los procesos de difusión, comunicación y acceso, hacer dialogar pasado, presente y futuro es un terreno en el que la cultura debe continuar innovando, construyendo alternativas y proponiendo nuevos debates. Y no lo está haciendo (creo).

 

 

 

 

 

 

 

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Published by fvicario
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